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Primer encuentro con Romana Kryzanowska

Por Elena Bartley

Cuando conocí a la famosa maestra Romana Kryzanowska, yo tenía 23 años y vivía allá por la Calle 200 del alto Manhattan. Yo estaba muy interesada en que me aceptara como su discípula porque ya me había dado cuenta que la vida como bailarina del DTH (Dance Theater of Harlem), iba a ser, aunque maravillosa, efímera.

Me arreglé muy bien y vestida de blanco, cerré mi departamento y caminé a la estación del metro esa tarde gélida de febrero que me llevaría a conocer a tan distinguida maestra. Todo iba muy bien cuando abordé el subway en Dyckman; incluso iba cómodamente sentada, pero algo sucedió. 

El metro se detuvo a mitad de la estación y nos bajaron por la parte trasera del último vagón en Amsterdam Avenue, que es la Calle 163. Mi cita con Romana era en su estudio de la Calle 57 y la Quinta Avenida, el gran estudio “Drago”.

“Elena, tranquila”, me dije a mi misma al abordar el autobús que nos llevaría desde ahí a la estación que está en la Calle 57 y Broadway; “tienes tiempo suficiente”, me seguí diciendo.

Afortunadamente todo iba bien en el camión, hasta que escuché un ruido terrible, como un disparo o una explosión, donde mi reacción inmediata fue tirarme al suelo. La gente se reía y el chofer anunció que se había pinchado un neumático y tendríamos que esperar al siguiente autobús que debería pasar en 20 minutos aproximadamente. “Imposible”, me dije una vez más; me levanté y limpié mi ropa que apenas se había manchado. 

Ya estaba bajando del autobús buscando un taxi y pensando que lo único que tenía eran 20 dólares en un compartimento secreto en mi mochila. ¿Cuánto me puede cobrar un taxi? Me respondí que no más de 12 dólares. “Adelante”, me dijo entonces esa voz interior que siempre tiene razón y a la que hay que escuchar todo el tiempo, ¿no creen?

El frío de la ciudad de Nueva York es proverbial y para las personas de latitudes más templadas, es una experiencia incluso dolorosa; tal y como lo viví esa tarde de febrero, cuando el viento cortaba como navajas de rasurar sin gel protector y el hielo estaba más resbaladizo que un jabón. Entonces comencé a caminar buscando un taxi, cuando sucedió lo inevitable: resbalé y aterricé en un sucio charco en plena región glútea, que hasta el músculo piriforme se me sacudió.

No sé, algo me pasa frente a la adversidad: Me sale la casta, la enjundia, una obstinación total, que fue lo que me pasó entonces: “Llego porque llego”, me dije una vez más mientras me subía a un taxi que misericordiosamente se había detenido frente a mí.

Cuando llegamos a la Calle 57 y la Quinta Avenida, después de 20 dólares, yo estaba hecha una verdadera sopa, adolorida y descuadrada; con el maquillaje corrido, la ropa negra de suciedad y el cabello deshecho. Pero de eso no me di cuenta, sino hasta después de pasar frente a un asombrado portero que me miró con desconfianza, hasta que se cerró la puerta del elevador.

Llegué al estudio de la reconocida maestra (alumna directa del gran Joseph Pilates) y en cuanto me vi dentro del estudio, algo pasó en mí, no sé; un demonio probablemente llamado Murphy, se apoderó de mi y como yo ya tenía algunas nociones de la técnica, se me hizo fácil colocar todos los resortes del reformer y empezar con el “footwork”.

Así fue justamente que me vio Romana, aunque yo no me percaté de su presencia sino hasta un minuto después cuando ya era demasiado tarde para alegar inocencia o cualquier otra excusa que hiciera que me tomara como su alumna; algo que sabía que era poco menos que imposible. 

Stop immediately” (“Para de inmediato”) me dijo con su particular acento y yo la obedecí, bajándome apenada del reformer. “Who do you think you are?” (¿Quién crees que eres?), volvió a manifestar, usando su voz.

“Soy Elena, tenemos una cita”, le dije después de un silencio angustioso. No sé, algo ha de haber visto en mí, porque lo único que me dijo fue: “You have to take a shower first and for God sake put on some socks if you want to be my student, my dear child” (“Date un baño y por Dios, ponte calcetines si quieres ser mi alumna niña”).

Fue así como empezó una relación que me ha llenado de orgullo y satisfacción desde entonces. Deseo sinceramente que esta pequeña historia sirva como talismán para que el libro de Nando García remonte las adversidades que pronostica la terrible “Ley de Murphy”, y llegué a todas aquellas personas que lo valoren como se merece: Un libro intenso, divertido y escrito con el corazón pilatero que...¡Oooops, se me acabó la tinta!

Atentamente

Elena Bartley

Las Leyes de Murphy del Pilates

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